Si hace algunos años me hubieran preguntado qué era la salud, probablemente habría dado una respuesta ligeramente diferente de la que daría hoy. Soy farmacéutica y gran parte de mi trayectoria profesional ha estado vinculada a la industria farmacéutica. Por esa razón, y a pesar de que la OMS define desde 1946 la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de enfermedad”, en la práctica, para mí, hablar de salud significaba fundamentalmente hablar de diagnóstico, tratamiento, prevención, riesgo y patología. Era el lenguaje del contexto académico y clínico que mejor conocía.
Sin embargo, a lo largo de mi vida fui comprendiendo algo que hoy me parece imposible ignorar: hay muchas personas, y muchas mujeres en particular, que continúan funcionando… incluso cuando ya no están verdaderamente bien. En mi propia historia, esta perspectiva fue todo menos teórica. Hubo un momento en el que, aunque todo parecía “normal” y me sentía funcional, ya no estaba bien. Seguía siendo productiva, cumpliendo, liderando y haciendo lo que se esperaba de mí. Pero por dentro estaba agotada, dispersa, apática y desconectada. Fue un agotamiento personal, junto con la observación atenta de situaciones similares a mi alrededor, lo que me llevó, hace ya más de diez años, a explorar y profundizar en áreas como el mindfulness, la inteligencia emocional y un liderazgo más consciente. No porque hubiera dejado de creer en la salud “clínica”, sino porque comprendí que la salud real empieza mucho antes de cualquier enfermedad y continúa mucho más allá de ella.
El estado desde el que lideramos
¿Y qué tienen que ver la salud y el bienestar con el liderazgo? Mucho. Durante años hemos observado el liderazgo principalmente en términos de competencias técnicas, visión, estrategia, influencia, toma de decisiones y gestión de equipos. Pero hoy sabemos que el liderazgo no ocurre únicamente a través de las competencias. Ocurre a través de la persona que las ejerce, de su estado fisiológico, mental y emocional.
Quienes lideran equipos lo saben intuitivamente. Nuestro estado entra en la sala antes que cualquier PowerPoint. Se nota en la calidad de nuestra presencia, en la forma en que escuchamos y nos relacionamos, en nuestra capacidad de concentración e incluso en la manera en que interpretamos una amenaza o una oportunidad.
Quizás por eso me interesa tanto explorar el liderazgo a través de la lente del bienestar. Y, desde mi experiencia personal y profesional, permitidme hacerlo desde una perspectiva femenina.
La experiencia femenina del liderazgo
El liderazgo puede discutirse en abstracto, pero nadie lidera desde lo abstracto. Lideramos desde un cuerpo, una historia y un contexto social. Y cuando somos mujeres, existen dimensiones específicas que moldean la forma en que vivimos el liderazgo.
Algunas son biológicas, como las diferentes etapas hormonales y reproductivas que pueden influir en la energía, el sueño, la atención, la termorregulación o la concentración a lo largo de la vida. Reconocer esta realidad no significa considerar a las mujeres menos capaces de liderar; significa comprender mejor la experiencia humana a través de la cual muchas mujeres lideran. Ignorar el cuerpo femenino en contextos de liderazgo no es neutralidad; es observar solo una parte de la realidad.
Desde una perspectiva psicosocial y cultural, las mujeres tienden a asumir una mayor responsabilidad organizativa y emocional invisible. Incluso en hogares donde ambas personas trabajan a tiempo completo, las mujeres continúan soportando una mayor proporción del trabajo no remunerado y disponen de menos tiempo verdaderamente libre. Esta realidad suele traducirse en fatiga cognitiva, fragmentación de la atención, menor capacidad de recuperación y un estado de activación más continuo.
Por otro lado, desarrollamos una extraordinaria capacidad de adaptación al contexto, a las expectativas sociales y al juicio ajeno. Muchas de estas capacidades son, de hecho, valiosas para el liderazgo. Pero tienen un precio. Esta adaptación continua consume energía, desgasta y, en ocasiones, se vuelve tan sofisticada que deja de ser visible, tanto para los demás como para nosotras mismas.
Durante mucho tiempo, el éxito profesional de las mujeres significó adaptarse a modelos de liderazgo diseñados sin considerar plenamente la experiencia femenina del cuerpo, del cuidado y de la salud. Sin embargo, creo que el liderazgo femenino tiene hoy una oportunidad importante: dejar de dar testimonio únicamente de visión, estrategia y rendimiento, y empezar también a dar testimonio de presencia, conciencia y cuidado.
La cultura que creamos
A lo largo de los últimos años, trabajando con líderes y equipos en diferentes organizaciones, he observado que la cultura se crea, sobre todo, a través de los comportamientos que se repiten cada día.
Hay organizaciones donde todo el mundo habla de bienestar, pero donde el liderazgo sigue premiando la urgencia permanente, la hiperdisponibilidad y la autoexigencia. Y hay otras donde quizá se hable menos del tema, pero donde los líderes modelan algo diferente: límites más claros, conversaciones más honestas, legitimidad para recuperarse y seguridad psicológica para decir “no estoy bien” antes de llegar al límite.
Por eso me gusta hacer una pregunta sencilla: ¿qué cultura estoy creando a través de la forma en que cuido de mi propio bienestar? Si vivo en una aceleración permanente, mi equipo aprende aceleración. Si convierto la hiperdisponibilidad en una prueba de compromiso, eso se convierte en lo normal y esperado. Si vivo en el autoabandono, es probable que eso se confunda con madurez o dedicación.
Pero cuando una líder se cuida de manera consciente, también está enseñando algo sobre lo que es aceptable, saludable y sostenible para los demás. Quizá una de las responsabilidades más importantes del liderazgo sea precisamente esta: crear contextos en los que las personas no tengan que enfermar para ser legítimamente cuidadas.
El autocuidado comienza con la atención
Es aquí donde el autocuidado adquiere tanta relevancia. Comienza por la manera en que empiezo a darme cuenta, cuando me detengo lo suficiente para preguntarme quién soy en esta etapa de mi vida, cómo estoy en este cuerpo, en esta semana, en este momento, y dónde está puesta mi atención. ¿Estoy funcionando en piloto automático o actúo desde una presencia consciente e intencional?
Quizá sea precisamente aquí donde reside una de las mayores oportunidades del liderazgo femenino contemporáneo: dejar de confundir sostenibilidad con resistencia. Durante mucho tiempo se nos ha elogiado por aguantar, continuar y asumir una capa más de responsabilidad. Pero eso no es sostenibilidad. Es, muchas veces, agotamiento socialmente valorado. La sostenibilidad es poder seguir cuidando, decidiendo, liderando y sirviendo a un proyecto sin perder el contacto con nosotras mismas, mientras nutrimos nuestra salud y bienestar.
Quisiera terminar con las preguntas que más me gusta plantear a los líderes a quienes acompaño:
¿Desde qué lugar dentro de ti has estado liderando últimamente? ¿Desde el miedo? ¿Desde la urgencia? ¿Desde el agotamiento? ¿Desde la necesidad constante de demostrar tu valor? ¿O desde un lugar un poco más regulado, más claro y más íntegro?
Y, quizá aún más importante: ¿Qué necesita hoy, dentro de ti, más cuidado que exigencia?
Porque, en el fondo, el liderazgo empieza mucho antes que la estrategia. Empieza en la relación que tenemos con nosotras mismas. Y cuanto mejor comprendamos la conexión entre salud, energía, recuperación y desempeño humano, mejor y más sostenible será nuestro liderazgo.

