Hay entrevistas que se olvidan al día siguiente. Y hay entrevistas que, por alguna razón, se quedan. No necesariamente porque revelen algo extraordinariamente nuevo, sino porque se niegan a agotarse. Terminas de escucharlas, sigues pensando en ellas y, cuando vuelves unos días después, descubres cosas que no habías escuchado la primera vez.
La conversación entre Zanny Minton Beddoes y Elon Musk en The Economist está siendo para mí una de esas entrevistas.
La he escuchado tres veces. La grabación era exactamente la misma, las palabras eran las mismas y los protagonistas también. Pero cada vez he escuchado una entrevista distinta. Al principio pensé que simplemente estaba descubriendo nuevos matices. Ahora creo que ha ocurrido algo más interesante: entre una escucha y otra ha pasado tiempo. He pensado, he escrito, he conversado y he vuelto a escuchar desde otro lugar. Y quizá ese proceso sea tan importante como la propia entrevista.
Primera escucha: el crash
La primera vez escuché, fundamentalmente, a dos personas en el centro del poder chocando frontalmente.
Por un lado estaba Elon Musk, el hombre más rico del mundo y responsable de empresas que están interviniendo directamente en algunos de los ámbitos que probablemente definirán las próximas décadas: automoción, espacio, energía, comunicaciones, redes sociales, robótica e inteligencia artificial. Yo escuchaba en él la voz de la disrupción, la aceleración, la convicción de que buena parte de lo que hoy consideramos estable va a cambiar radicalmente y de que intentar impedirlo puede ser tan inútil como contraproducente.
Por otro lado estaba Zanny Minton Beddoes, editora jefe de The Economist, una de las instituciones intelectuales más influyentes del capitalismo liberal, ese capitalismo al que sirven nuestras democracias. En ella escuchaba otra sensibilidad: la importancia de las instituciones, las consecuencias de las decisiones, los contrapesos democráticos, la responsabilidad de quien acumula poder y la necesidad de someter las grandes promesas sobre el futuro al escrutinio de lo que provocan en el presente.
Lo que hacía extraordinaria la escena era que ninguno de los dos hablaba desde los márgenes. No estábamos viendo a un revolucionario enfrentarse al poder establecido desde fuera del sistema. Los dos estaban en el centro. Poder frente a poder. Élite frente a élite. Dos personas con una capacidad extraordinaria para intervenir sobre la realidad que, sin embargo, en algunos momentos parecían no compartir siquiera una descripción común de esa realidad.
Ese fue mi primer crash. El más inmediato. El que me llevó a empezar a escribir sobre la entrevista.
Segunda escucha: el crash elevado
Cuando volví a escucharla, algo había cambiado. Empecé a aflojar la identificación entre las voces y las personas que las pronunciaban. Ya no escuchaba solamente a Musk y Beddoes. Empezaba a percibir los ecos que sus posiciones convocaban.
Cuando hablaba Musk podía escuchar, sin necesidad de afirmar que él fuera ninguna de esas cosas, ecos del revolucionario y del conquistador, del emprendedor norteamericano y del mito de la frontera, del ingeniero y de la ciencia ficción, de la generación digital y de la destrucción creativa, de la voluntad de atravesar el límite para descubrir qué existe al otro lado. Incluso podía escuchar el principio masculino entendido arquetípicamente: la potencia que avanza hacia un objetivo y acepta que transformar implica también destruir.
Cuando respondía Beddoes aparecían otros ecos. Europa, las instituciones, la memoria histórica, la continuidad, el límite, las consecuencias, aquello que ya existe y podría perderse. La voz de quien, frente a la promesa de un futuro mejor, pregunta qué ocurrirá durante la transición, quién asumirá sus costes y qué estamos dispuestos a destruir para llegar hasta allí. También podía escuchar un principio femenino, igualmente arquetípico: la sensibilidad hacia aquello que necesita ser sostenido mientras algo nuevo intenta nacer.
No sé todavía cuánto hay de verdad en esas asociaciones. Algunas probablemente sobrevivirán a nuevas escuchas y otras quizá resulten demasiado fáciles. Lo importante para mí no era decidir si Musk representa realmente a América o Beddoes a Europa, si uno encarna lo masculino y la otra lo femenino, o si uno pertenece al futuro y la otra al pasado. Lo importante era comprobar que, cuando dejaba de escuchar sus palabras únicamente como opiniones individuales, la entrevista empezaba a llenarse de otras voces.
El diálogo entre dos personas se convertía así en el escenario de tensiones mucho más antiguas: creación y conservación, ruptura y continuidad, futuro y memoria, potencia y límite, aventura y hogar, partir y permanecer, revolución y evolución. Y una entrevista que ya me había parecido extraordinaria adquiría una dimensión que no había percibido la primera vez.
Ese fue mi segundo crash. El que aparece cuando detrás de dos voces concretas empiezas a escuchar los ecos de fuerzas que las desbordan.
Tercera escucha: el crash elevado a la crash
La tercera vez ocurrió algo todavía más extraño. Quizá porque ya había pensado y escrito suficiente sobre la entrevista, dejé de intentar entenderla. No buscaba confirmar ninguna interpretación. Simplemente volví a escuchar.
Y entonces dejé de saber con tanta claridad dónde terminaban Musk y Beddoes y dónde empezaba yo.
Porque la potencia y el límite no existen solamente entre ellos. También existen dentro de mí. También yo conozco el deseo de construir algo nuevo y la resistencia a destruir aquello que ha costado tanto construir. También conozco la impaciencia ante instituciones que parecen incapaces de responder a la velocidad del cambio y, al mismo tiempo, el temor de que esa impaciencia termine arrasando cosas cuyo valor sólo comprendamos después de haberlas perdido.
La entrevista había dejado de ser únicamente un objeto que yo observaba desde fuera. Se había convertido en un espejo.
Y entonces algunas intervenciones empezaron a sonar de otra manera. Una pregunta de Beddoes podía seguir siendo la pregunta concreta de una periodista a un empresario y, al mismo tiempo, contener otra pregunta mucho más amplia de la conservación a la transformación: ¿qué vas a destruir para llegar hasta allí?
Y algunas respuestas de Musk podían seguir siendo las respuestas concretas de un empresario y, al mismo tiempo, expresar la impaciencia de lo emergente frente a lo establecido: no puedes pedirme que preserve un mundo que precisamente estoy intentando superar.
No afirmo que eso sea lo que Musk y Beddoes estaban diciendo. Probablemente ellos mismos rechazarían muchas de estas interpretaciones. Lo que intento describir es algo distinto: lo que comenzó a ocurrir en mi escucha cuando permití que sus palabras resonaran más allá de la intención inmediata de quienes las pronunciaban.
Ese fue mi tercer crash. El vértigo de descubrir que dos personas concretas pueden estar poniendo voz, sin proponérselo, a tensiones que las exceden enormemente y que, además, esas tensiones no están solamente en el mundo que observo. También están en mí.
Y entonces las preguntas cambian
Llegados aquí, mi tentación inicial fue buscar una síntesis. Decidir quién tenía razón o encontrar una formulación capaz de reconciliar ambas posiciones. Algo parecido a preguntarme cómo podemos permitir que nazca lo nuevo sin abandonar aquello que merece permanecer.
Pero ahora creo que incluso eso sería precipitarse. Porque una de las cosas que estoy recordando con esta entrevista es que quizá no tenga que encontrar todavía la pregunta correcta. Quizá deba permitir que aparezcan varias preguntas y observar qué hace el tiempo con ellas.
Si escucho desde Musk, puedo preguntarme cuánto de lo existente estamos conservando simplemente porque tenemos miedo de perderlo. Cuántas instituciones, formas de trabajar o maneras de organizarnos seguimos protegiendo no porque continúen cumpliendo su función, sino porque no sabemos imaginar lo que vendría después.
Si escucho desde Beddoes, aparece la pregunta contraria: cuánto estamos dispuestos a destruir en nombre de un futuro que todavía no existe. Qué ocurre con las personas que viven durante la transición, quién decide qué daños son aceptables y qué hacemos cuando aquello que hemos destruido resulta imposible de reconstruir.
Si intento escuchar ambas voces simultáneamente, surge otra pregunta: ¿cómo sabemos qué merece permanecer y qué necesita desaparecer para que algo nuevo pueda nacer?
Y si dejo de escucharlos a ellos y me escucho a mí mismo, aparece una pregunta quizá todavía más incómoda: ¿por qué necesito resolver esta tensión tan rápidamente? ¿Qué ocurriría si permaneciera un poco más dentro de ella?
Lo que hace el tiempo
Quizá ésta sea la parte de toda esta experiencia que más me interesa.
Entre la primera y la tercera escucha la entrevista no cambió. Cambié yo. Y no cambié porque hubiera encontrado nueva información sobre Musk o Beddoes, sino porque había pasado tiempo. Después de la primera escucha escribí sobre el choque frontal entre dos instituciones que parecían representar formas distintas de entender el mundo. Después de la segunda empecé a preguntarme si, detrás de ese enfrentamiento, no compartían en realidad un mismo paradigma sobre la inteligencia y su lugar en nuestra civilización. Escribir esos tres artículos, conversar sobre ellos y discutir algunas de mis propias conclusiones modificó inevitablemente la manera en que volví a escuchar la entrevista.
Quizá por eso la tercera escucha fue distinta. Ya no podía volver a la conversación como si no hubiera pensado sobre ella. Algunas interpretaciones se habían fortalecido, otras empezaban a parecerme demasiado fáciles y aparecían preguntas que sencillamente no estaban disponibles para mí durante la primera escucha.
Nuestra forma habitual de relacionarnos con la actualidad funciona de otra manera. Escuchamos algo, reaccionamos, opinamos, publicamos y pasamos al siguiente asunto. La velocidad con la que circula la información nos empuja a comportarnos como si comprender consistiera en ser capaces de formular una opinión lo antes posible.
Esta entrevista me está sugiriendo lo contrario. Quizá escuchar no consista solamente en prestar atención mientras alguien habla. Quizá escuchar también consista en conceder tiempo a aquello que hemos escuchado.
Hay cosas que sólo podemos escuchar después de haberlas escuchado.
La primera vez recibimos las palabras. La segunda empezamos a percibir algunos de sus ecos. La tercera quizá descubrimos que aquello que creíamos estar observando fuera también estaba ocurriendo dentro de nosotros. Y no hay ninguna razón para pensar que la tercera escucha sea la definitiva. Una cuarta podría desmontar todo lo anterior.
Seguir escuchando
Por eso ya no tengo tanta prisa por decidir qué significa esta entrevista.
Quizá dentro de seis meses algunas de las cosas que hoy parecen excentricidades de Musk empiecen a parecer síntomas tempranos de una transformación mucho mayor. Quizá algunas de las objeciones de Beddoes que hoy pueden sonar a defensa del statu quo se revelen como advertencias esenciales. Quizá ocurra exactamente lo contrario. O quizá descubramos que las categorías con las que estamos intentando comprender a ambos eran demasiado pequeñas desde el principio.
Todavía no lo sabemos.
Y empiezo a pensar que reconocerlo no es una debilidad del pensamiento, sino una de sus condiciones. Podemos dejar que las correspondencias permanezcan sobre la mesa, volver a la entrevista, observar cuáles reaparecen, añadir otras, descartar las que resulten demasiado fáciles y permitir incluso que unas contradigan a otras.
No hace falta elegir un bando. Tampoco reconciliar las dos voces. Ni siquiera decidir todavía qué arquetipo representa cada una.
Podemos hacer algo bastante menos habitual y que, en estos tiempos de grandes crashes, es fundamental: seguir escuchando. Y quizás aprender a aceptar que las conversaciones importantes se reconocen precisamente porque, cuando terminan, continúan.
Nota editorial
Este texto forma parte de una conversación que comenzó con la entrevista de The Economist a Elon Musk y que ha ido transformándose con cada nueva escucha. Puede leerse de forma independiente, pero quienes quieran recorrer el camino completo pueden hacerlo a través de los dos artículos anteriores:
1. La entrevista que partió el mundo en dos (y por qué importa)
La primera aproximación a la entrevista: el choque frontal entre Elon Musk y Zanny Minton Beddoes y las dos formas de entender el capitalismo, la democracia y el futuro que parecían encontrarse frente a frente.
2. Quizás el último debate del viejo paradigma
La segunda reflexión: la posibilidad de que, detrás de sus profundas diferencias, ambos compartan un mismo paradigma y una misma confianza en la inteligencia como fuente de legitimidad.
3. Devolver la inteligencia al lugar que le corresponde
La tercera reflexión desplaza la mirada desde el enfrentamiento hacia una pregunta más profunda: si la inteligencia es un instrumento y no puede ser por sí misma el fundamento, ¿qué lugar debe ocupar dentro de una vida que merece ser vivida?
Este cuarto texto nace de volver a escuchar la misma conversación después de haber escrito los tres anteriores. No pretende corregirlos ni sustituirlos. Son distintas estaciones de un pensamiento que sigue moviéndose y de una conversación que, por ahora, se niega a terminar.

