Las vacaciones son, habitualmente, una oportunidad para recuperar energía. Pero quizá puedan ser más que eso: constituyen también un momento para comprender lo que nuestro cuerpo y nuestra mente nos dicen sobre la forma en que estamos trabajando y lo que queremos hacer de manera diferente cuando regresemos.
Hay una frase que escuchamos muchas veces cuando se acercan las vacaciones: “Necesito parar de verdad”. Y hay otra que escuchamos con frecuencia pocas semanas después de volver: “Parece que ni siquiera me fui de vacaciones”. Reconozco ambas.
A lo largo de los años, tanto en mi propia experiencia como en las conversaciones que mantengo con líderes y equipos, he ido comprendiendo cómo muchas personas llegan a las vacaciones en un estado de cansancio acumulado. No necesariamente incapaces de “funcionar”, pero sin duda con menos energía, menos espacio mental y, muchas veces, con esa sensación de que necesitan algún tiempo antes de conseguir “desconectar” de verdad.
Quizá por eso quiera proponer una reflexión para este verano: ¿Qué significa, realmente, recuperarse?
Sabemos que parar y recuperarse no son exactamente lo mismo. Podemos estar físicamente de vacaciones y continuar mentalmente en el trabajo. Podemos no abrir el ordenador y, aun así, pasar el día anticipando lo que encontraremos cuando volvamos. Podemos consultar el correo electrónico “solo un momento”, responder a aquel mensaje porque “es rápido” o seguir resolviendo mentalmente un problema mientras estamos sentados a la mesa con la familia. En resumen, el cuerpo salió de la oficina. La atención, no siempre.
Esta distinción tiene fundamento en la investigación realizada sobre la recuperación del trabajo. Sabine Sonnentag y Charlotte Fritz, dos de las investigadoras de referencia en esta área, identificaron cuatro tipos de experiencia que contribuyen a la recuperación: la desconexión psicológica del trabajo; la relajación; las experiencias de aprendizaje o desafío realizadas por placer; y la sensación de autonomía sobre aquello que hacemos con nuestro tiempo.
Como se entiende fácilmente, regenerar nuestra energía no significa necesariamente no hacer nada. Para algunas personas puede ser leer durante horas. Para otras, caminar, cocinar, nadar, aprender algo nuevo, conversar sin prisa o estar simplemente en silencio. No existe una actividad universalmente “correcta”. Lo importante es que consigamos crear condiciones en las que reduzcamos las exigencias asociadas al trabajo y recuperemos cierta capacidad de elección sobre dónde colocamos nuestra energía y nuestra atención.
Pero hay una cuestión que, para mí, es importante plantear: ¿Conseguimos desconectar realmente?
Tendemos a tratar la recuperación como una responsabilidad individual y es cierto que depende en gran medida de una disciplina personal. Aprender a identificar las señales de cansancio, comprender qué tipo de tareas o pausas son más regeneradoras y aplicarlas en el día a día es fundamental. Sin embargo, la cultura de la organización y el liderazgo también tienen aquí un papel concreto.
Una investigación reciente de Sonnentag y sus colegas muestra que los colaboradores tienen una mayor probabilidad de desconectarse psicológicamente del trabajo cuando perciben que sus líderes respetan las fronteras entre el trabajo y el tiempo personal. Y esa desconexión está, a su vez, asociada a un menor agotamiento y a una mayor sensación de recuperación al día siguiente.
No basta con decirle a alguien, antes de las vacaciones, “descansa y disfruta”, si dos días después le enviamos un mensaje que empieza por “perdona que te moleste, sé que estás de vacaciones, pero…” y, por cierto, añadir “no hace falta que respondas” no siempre resuelve el problema.
Para un líder, apoyar la recuperación puede ser tan sencillo, y tan difícil, como crear sistemas de sustitución que funcionen, aclarar quién toma las decisiones durante la ausencia de cada persona, no premiar la disponibilidad permanente y respetar genuinamente el período de vacaciones.
¿Y cuándo regresamos?
Si regresamos exactamente al mismo nivel de exigencia, a la misma ausencia de fronteras y al mismo ritmo que nos llevó a las vacaciones agotados, no podemos esperar que dos semanas de descanso transformen estructuralmente lo que ocurre durante el resto del año. Y es aquí donde, para mí, las vacaciones pueden resultar particularmente interesantes. Pueden funcionar como un pequeño “laboratorio de observación”.
En lugar de preguntarnos únicamente “¿he descansado?”, podemos preguntarnos: “¿Qué ocurrió durante estos días que me devolvió energía?”
Quizá dormimos más y no ocupamos el tiempo con tantas tareas. Quizá caminamos más o hicimos más ejercicio. Quizá desconectamos un poco del entorno digital. Quizá convivimos más con personas a las que queremos o pasamos más tiempo al aire libre.
Este ejercicio de observación y cuestionamiento es importante porque aquello que echamos de menos cuando regresamos puede indicarnos lo que está ausente de nuestra vida cotidiana y lo que eventualmente podría integrarse.
La investigación sobre las micropausas, por ejemplo, sugiere que las pequeñas interrupciones a lo largo de la jornada laboral pueden contribuir a reducir la fatiga y a aumentar la sensación de energía y vigor. No son una fórmula mágica para mejorar el rendimiento, pero pueden ayudar a gestionar el esfuerzo y la recuperación a lo largo del día. También podemos preservar momentos sin estímulos entre reuniones, alejarnos de la pantalla durante unos minutos, caminar, crear una transición entre el final del trabajo y la llegada a casa o simplemente resistir el impulso de llenar todos los intervalos disponibles.
Y, una vez más, parte de este trabajo tiene que suceder en la cultura de la organización.
Un colaborador puede decidir no responder a correos electrónicos después de las 18:00. Pero le resultará mucho más fácil hacerlo si su líder también respeta ese límite. Puede intentar hacer una pausa entre tareas. Pero será difícil si la cultura interpreta cualquier minuto no ocupado como una falta de compromiso. Puede regresar de las vacaciones con la intención de proteger mejor su energía. Pero esa intención tendrá poco espacio si el primer día encuentra una agenda sin ningún margen y la expectativa de recuperar inmediatamente quince días de trabajo acumulado.
Por eso, quizá el regreso de las vacaciones sea también una oportunidad para que los líderes se planteen algunas preguntas:
- ¿Las personas de mi equipo consiguen estar realmente de vacaciones cuando están de vacaciones?
- ¿Qué ejemplo doy en relación con la disponibilidad y el descanso?
- ¿La forma en que organizamos el trabajo permite cierta recuperación a lo largo del año, o dependemos de las vacaciones para reparar meses de desgaste acumulado?
Reitero aquello que observo tantas veces y que orienta mi trabajo con organizaciones: el bienestar organizacional no se construye únicamente mediante programas de bienestar. También se construye en la agenda. En los correos electrónicos. En la distribución del trabajo. En la calidad del liderazgo. En la libertad para desconectar. En los límites que se respetan. Y en la posibilidad de estar por entero, dentro y fuera de la organización.
No necesitamos regresar de las vacaciones con un plan de transformación personal. Quizá baste con volver un poco más atentos, para no regresar automáticamente a todo aquello de lo que, al fin y al cabo, necesitábamos unas vacaciones para recuperarnos.
Referencias:
Sonnentag, S., & Fritz, C. (2007). The Recovery Experience Questionnaire: Development and validation of a measure for assessing recuperation and unwinding from work. Journal of Occupational Health Psychology, 12(3), 204–221. https://doi.org/10.1037/1076-8998.12.3.204
Albulescu, P., Macsinga, I., Rusu, A., Sulea, C., Bodnaru, A., & Tulbure, B. T. (2022). “Give me a break!” A systematic review and meta-analysis on the efficacy of micro-breaks for increasing well-being and performance. PLOS ONE, 17(8), e0272460. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0272460

