Una tarde tranquila, mi pareja y yo estábamos sentados en una terraza. En un momento dado, me levanté para ir al baño. En el suelo, encontré un billete de cincuenta euros.
Lo recogí y volví a la mesa, sin saber muy bien qué hacer.
—He encontrado esto en el suelo —le dije, mostrándole el billete—. Quizá debería entregárselo a la camarera, por si alguien viene a buscarlo. Pero también puede ocurrir que se quede ella con el dinero… Y, si va a ser así, quizá sea mejor que me lo quede yo.
Mi pareja me escuchó y respondió con serenidad:
—Haz lo que sientas que debes hacer. Lo demás ya no puedes controlarlo. La camarera hará lo que considere oportuno, pero lo importante es que tú hagas lo que te dicte la conciencia.
Me quedé pensando en sus palabras. Después llamé a la camarera, le expliqué dónde había encontrado el billete y se lo entregué. Unos diez minutos más tarde, se acercó a nuestra mesa.
—Acaba de llamar una señora —nos contó—. Estuvo aquí hace poco y quería saber si alguien había encontrado un billete de cincuenta euros. Podremos devolvérselo.
En aquel momento comprendí que el billete no era lo más valioso que había encontrado aquella tarde. Mucho más importante había sido comprender que no siempre podemos controlar lo que los demás hacen con nuestros gestos. Solo podemos elegir qué hacer con aquello que llega a nuestras manos e intentar salir de cada decisión con la conciencia tranquila.

