He estado pensando en cómo, cuando recorremos
un pasillo lleno de gente, las personas recogen las piernas
para dejarnos pasar.
O en cómo los desconocidos todavía dicen «salud»
cuando alguien estornuda, un vestigio
de la peste bubónica. «No te mueras», estamos diciendo.
Y, a veces, cuando se nos caen los limones
de la bolsa de la compra, alguien nos ayuda
a recogerlos.
En el fondo, no queremos hacernos daño.
Queremos que nos entreguen bien caliente nuestra taza de café
y dar las gracias a quien nos la entrega. Sonreírle
y que nos devuelva la sonrisa. Que la camarera
nos llame «cariño» al servirnos el cuenco de sopa de almejas
y que el conductor de la camioneta roja nos deje pasar.
Tenemos tan poco los unos de los otros, ahora. Tan lejos
de la tribu y del fuego. Tan solo estos breves momentos de encuentro.
¿Y si fueran ellos la verdadera morada de lo sagrado, estos
templos fugaces que construimos juntos cuando decimos: «Aquí,
quédese con mi asiento», «Pase usted primero», «Me gusta su sombrero»?